ETIOLOGÍA DEL SPI:
La causa del SPI es aún desconocida, pero hay estudios que
inciden sobre determinados problemas en el transporte del hierro al cerebro y secundariamente, alteraciones en la
síntesis de determinados neurotransmisores, como la dopamina. Parece claro que el Síndrome de piernas inquietas
tiene una potente base familiar y genética.
Algunos fármacos (con acción antidopaminérgica como los
neurolépticos o la metoclopramida) pueden favorecer la aparición del SPI, razón
por la cual es importante la buena realización de la historia clínica al
paciente para conocer en detalle qué medicación toma habitualmente y a qué
fármacos ha estado expuesto de forma casual.
Así mismo, estimulantes como la cafeína, la teína o los
derivados del caco pueden incrementar el SPI. Se ha demostrado una mayor
incidencia de SPI en personas que fuman por la noche, siendo, por lo tanto, una
recomendación esencial, el dejar de fumar.
Las formas
idiopáticas serían las más frecuentes, tendrían un mayor componente
genético y desde el punto de vista clínico se caracterizarían por un inicio más
precoz, en torno a los 20 años de edad.
Las formas
secundarias estarían relacionadas con un proceso causal y se
resolverían al solucionarlo. Según diversos estudios el SPI puede ser secundario
a varios trastornos que se pueden distinguir en dos grandes grupos:
1.
Circunstancias
que se asocian a una alteración en la disponibilidad de hierro, como pueden ser la ferropenia, el embarazo o
la insuficiencia renal, o que causan un bloqueo dopaminérgico.
2.
Procesos
que pueden ocasionar dolor en las piernas, bien neuropático, como las
polineuropatías, especialmente la diabética, mielopatías o esclerosis múltiple,
o bien de otro tipo, como la artritis
reumatoide o la fibromialgia.
Como ya se ha comentado, los factores genéticos son
importantes en la aparición del SPI y una predisposición genética constituye el
terreno para que aparezca la sintomatología. Por otro lado, sabemos que existe
una relación entre ferropenia y SPI pues la prevalencia de la enfermedad
alcanza un 30 % entre los individuos con ferropenia y la intensidad de los
síntomas se correlaciona con el grado de déficit férrico. Pr todo ello, podemos
deducir que en individuos genéticamente predispuestos, circunstancias
ambientales que supongan un déficit de hierro, como una pérdida de sangre por
cirugía, hemorragias crónicas, donaciones frecuentes de sangre o menstruaciones
abundantes, o un consumo excesivo, como el embarazo, pueden desenmascarar o
agravar un SPI hasta entonces latente o asintomático. Una vez corregido
este déficit férrico, el SPI puede mejorar y volver a la situación previa, lo
que no excluye que se pueda manifestar más adelante, quizá esta vez ya sin un
precipitante.
Esta relación curiosa ha sido bien estudiada en el embarazo.
Aproximadamente una de cada 4-5 mujeres
experimenta síntomas de SPI durante el embarazo, especialmente en el tercer
trimestre. En general esta sintomatología desaparece poco después del parto,
pero algo más de la mitad de las mujeres la vuelven a sufrir en embarazos
siguientes.
En definitiva, consideramos que el SPI primario, quizá mejor
deberíamos decir la enfermedad de las piernas inquietas o de Willis-Ekbom, es
una entidad en cuya etiología influyen
factores genéticos múltiples que regulan el transporte de hierro y el
metabolismo dopaminérgico, a los que se pueden sumar factores ambientales que
pueden alterar la disponibilidad de hierro o la actividad dopaminérgica. Si la
carga genética es suficiente, podrá manifestarse de forma espontánea, sin
necesidad de precipitantes, a una edad más precoz cuanto mayor sea esta carga.
Los individuos con menor carga genética sólo sufrirán síntomas cuando se
asocien estos factores ambientales o cuando alcancen una cierta edad, que en sí
ya supone una disfunción metabólica.
Raquel Cervigón Portaencasa
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